Una hora con una dama / Relato de Hector Lugo

Por: Hector Lugo Aguila

El cielo nublado no aminoraba el calor de la mañana, aunque no había sol, a las 8 de la mañana ya se dejaba sentir el bochorno húmedo que predecía lo que nos esperaba para el resto del día.

Estaba un poco inquieto, aunque no conocía a la dama, el trato ya estaba hecho, acudía con premura al lugar del encuentro.

Unas gotas de una leve llovizna se estrellaron contra el parabrisas de mi auto, sin embargo, mi pensamiento seguía puesto en lo que estaba por pasar.

Me inquietaba saber, que pensaba ella de mí, como me trataría, si aplicaría toda su  sapiencia en sus servicios o solo me iba a tratar como a un cliente más.

No sabía, toda la referencia que tenia de ella, venia de un conocido que me platicó maravillas de su trabajo y fue éste amigo quien concretó a detalle el encuentro.

Después de sortear los no pocos baches que provocaron las torrenciales lluvias de los días anteriores, llegué al punto de encuentro. Ya estaba ella ahí, en su vehículo, perfectamente lavado. Aún no me explico cómo le hacen algunas personas para conservarlos así.

Después de estacionarme, bajé de mi auto y le sonreí.

Pensé en no equivocarme de persona, y así fue, era ella, realmente joven, muy limpia en su forma de vestir, una sonrisa sencilla y una mirada muy agradable.

Sus manos, bien cuidadas me indicaron que no hacia trabajos duros, de ama de casa. Sí, efectivamente, era una profesional.

Mientras cruzamos dos o tres palabras de cortesía, el nerviosismo de la espera hacia que el corazón me palpitara más fuerte.

Sé que no había marcha atrás, y que en cuanto traspasara la puerta a la habitación, ella empezaría a examinarme, a tocarme, y si, también a sanar esa inquietud que no se me apartaba de la cabeza.

-“Pásale y ponte cómodo”, me dijo.

El lugar estaba alegremente iluminado con una luz blanquecina, que contrastaba con las sombras del jardín de al lado. Las paredes perfectamente pintadas de azul pastel y el techo de color amarillo muy tenue. Inspiraba tranquilidad. Todo el mobiliario impecablemente limpio, todo en su lugar, el ambiente se inundó de una música perfecta para la ocasión. Mozart. Todo perfecto, todo planeado…y fue como empezamos.

_”Recuéstate y relájate mientras me preparo”.  Me indicó señalándome un cómodo mueble.

No iba a haber intercambio de palabras, ni preámbulos de ninguna especie. Ella, a lo que iba.

Me acomodé en el sillón y esperé uno o dos minutos a que estuviera lista.

Lo primero que hizo, fue acercar su cara a la mía, y en ese momento pude percibir el sutil aroma que despedía su cuerpo. Era un aroma dulce, como a pastillitas de azúcar, no sé describirlo. Sus grandes ojos, color miel me observaban a menos de diez centímetros de mi cara. Acomodó el codo en mi pecho mientras me decía:

-No creo que me lleve más de 40 minutos terminar con esto, podríamos durar más, pero no creo que tú aguantes más de una hora…

No pude responder. Me hubiera gustado refutarle… decirle que según como me estuviera tratando, podría aguantar el tiempo que ella quisiera, pero el hubiera no existe y solo me quedé callado, ninguna palabra salió de mi boca.

Empezó con un leve movimiento constante, paulatino, en momentos era suave, cadencioso, mecía mi cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Algunos fluidos empezaron a aparecer y me dio un poco de vergüenza que ella los notara. Sentí anestesiada la boca, un leve hormigueo me recorría en toda la cara. Creo que en parte era la adrenalina que había empezado a recorrer mi cuerpo. Esas suprarrenales que no pueden estar quieras y al menor signo de dolor o estrés empiezan a trabajar. El leve dolorcillo que ahora sentía, antes molesto, ahora me provocó algo de placer, quisiera haber aullado, pero era eso me estaba haciendo adicto al dolor…ahora, endorfinas inundaban mi torrente sanguíneo y me quitaban un poco el malsano gustillo que estaba sintiendo.

El tiempo no se detiene, corren los minutos y adivino en su mirada que está a punto de terminar, con el entrecejo un poco fruncido y una sonrisa de satisfacción, un poco disimulada, dejo escapar un suspiro que marcó el fin de nuestra reunión. Fue todo, resumido a un intercambio comercial, yo pago y ella ejecuta, Hasta aquí sus servicios. Valió la pena el costo, no estoy para arriesgarme y menos para contraer algún infección por andar de medido con el dinero, se hizo hacia atrás, dándome la espalda. La escuche musitar:

-Ahí hay agua y toallas, si gustas enjuagarte. Claro que deseaba enjuagarme y quitarme los rescoldos de los fluidos que habían quedado embarrados. Me levanté y aún un poco aturdido me ajusté la camisa y alise algunas arrugas de mi pantalón. Ella habló algunas palabras que en el momento no alcance a comprender. Escuché, pero mi cerebro seguía analizando el perfume de la dama, una extraña combinación con Mozart, que no dejaba de interpretar esa melodía tan bonita.

Solo me despedí y salí del lugar, deseaba llegar a la casa a recostarme, me sentía cansado, más por la adrenalina que por otra cosa…eran las 9:30 de la mañana y ya las tripas me crujían de hambre.

Razonando sus últimas palabras, no había lugar a dudas, ella, de quién nunca pregunté su nombre, era toda una profesional. Textualmente me dijo:

–  Señor Lugo, la endodoncia quedó incompleta, necesito que nos volvamos a ver en 15 días, que le parece el 15 del próximo mes. Yo acepté con una afirmación con la cabeza, así cerramos un trato. Nuestra próxima cita…

 

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